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VALENTÍN, Alejandro Agresti (Argentina / Holanda - 2002)Valentín, Alejandro Agresti, Rodrigo Noya.
A veces las sorpresas son eso, una casualidad, un hito inesperado que de pronto se instala en la memoria para quedarse. Y la recomendación de la Fran se transformó en una de esas sorpresas. “Valentín” es una película de esas que no recuerdo haber visto en la cartelera, víctima quizás de la aplanadora asfixiante de algún filme de moda y su campaña de marketing, pero que ahora forma parte de la filmoteca de mis entrañas. Así de heavy.
Escrita y dirigida por Alejandro Agresti (quien además aquí es camarógrafo y actor), “Valentín“ narra la historia de un “pibe” bonaerense de nueve años que, a fines de la década del ’60, sueña con la posibilidad de ser el primer astronauta en pisar la luna, para lo cual se prepara a su manera. Pero este sueño esconde todo el drama de su vida familiar.
Abandonado por su madre desde que se separó de su progenitor, vive con su ABUELA -personificada magistralmente por la española Carmen Maura-, siendo visitado sólo ocasionalmente por su PADRE y el TÍO CHICHE. VALENTÍN es querido, pero igual la pasa mal. El peso de una familia que se empieza a desmembrar, cae con fuerza en los hombros del niño, el que sin embargo, saca una fuerza extraña, desconocida: la inocencia infantil mezclada con la absoluta conciencia de lo que ocurre.
Claro, porque, tal como lo marca el discurso de la película, él es un hombre y, como tal, es un romántico, un soñador, un eterno ser esperanzado en que las cosas van a resultar porque se originan en las buenas intenciones, pero que finalmente explota al descubrir las mentiras y la falta de honestidad. Bueno, así somos algunos. El guión instala de alguna manera un planteamiento quijotesco invertido, donde el pequeño es el lancero y el adulto su consejero.
Este Sancho Panza que le recuerda que viajar al espacio es imposible (aunque el chico apele a que cuando sea grande en Argentina se construirán cohetes), es RUFO (Mex Urtizberea), un pianista que fue abandonado por su mujer, tal como Valentín fue abandonado por su madre, y que se transforma en ese tipo de amigo que dice las cosas que no escuchas en casa y que te tiende la mano antes que la familia. Dulcinea es LETICIA, la novia de su padre. Él necesita “enamorarse de ella para él”, se ilusiona, se desencanta, pero es su necesario ícono femenino, joven, bonita, ¡rubia! (requisito indispensable para el protagonista)… la confusión entre símbolo materno y sexual. Ha pasado demasiadas pellejerías como para no ver las cosas de ese modo.
“Valentín” es un relato sobrio, pausado, sin estridencias fílmicas, un descanso entre tanta oferta pirotécnica. Existe una constante composición del cuadro en relación al espacio, la luz y a lo simbólico, con algunos encuadres sumamente atractivos.
La planificación del guión técnico logra instantes en el montaje de gran corrección, como lo es guardarse los primeros planos para los momentos en que realmente los ojos dicen cosas, o los planos generales cuando el espacio se integra a la acción como elemento de expresión. Nada de planos puestos porque sólo se vean bonitos. La dirección de arte logra poner los elementos de época precisos y necesarios para trasladarnos cuarenta años atrás; la música es una bella obra compuesta por Paul M. van Brugge que apoya la acción con sobriedad, al igual que las canciones populares integradas a la banda sonora, como “El extraño del pelo largo”.
Pero es la actuación lo que resalta. El texto, más bien poético, se presenta cotidiano gracias al trabajo de cada uno de los actores, donde el pequeño Rodrigo Noya logra encantar, enamorar, hacer sonreír, llorar… creer. Es un superdotado que conduce toda la película, desde su narración en off hasta su presencia ante la cámara. El pequeño actor nos traspasa cada una de las dificultades del personaje: un niño con problemas a la vista que usa "potos de botella"; un niño que debe aprender a darse ánimo cuando la adversidad lo visita una y otra vez; un niño abandonado por sus dos padres que vive con una abuela enferma (¿y si muere?).
La escena en que va en busca de un doctor con un plan para que vea a su abuela enferma es definitivamente conmovedora y divertida, representando ahí toda el alma del personaje, el que, a pesar de todo, toma acciones para vencer el mal destino con el mejor humor del mundo. Él (y el director, claro) es el responsable de hacernos sentir esperanza y ánimo cuando la vida se está cayendo encima. Es el que se encarga, con su madura y, a la vez, inocente sabiduría, de hacernos reír de las cosas duras.
“Valentín” no es la mejor película de la historia, pero sí es una historia necesaria e indispensable de ver, “¿vio?”
“… a mí me gustaría tener una mamá como la de él, rubia, linda, así... En el museo de la escuela hay una de las cosas más raras que vi en mi vida: un cabrito con dos cabezas. Pero lo más raro de todo, todo, todo, todo, todo lo que vi, es un compañerito que tiene una mamá y nunca le habla. Él sale, le pasa la valija a ella y nada más. Yo, si tendría una mamá, la usaría mucho más, me la pasaría hablándole… no sé, hay gente que tiene todo y no lo disfruta, como ese tipo que a veces espío en la esquina del bar que toma café y lee el diario y nada más. Hay gente que parece como si no viviera… o no le da uso a la vida”.
por Denis Leyton
[publicado en diciembre de 2005]
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