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    EL REY DE SAN GREGORIO: lado B

    |10/11/2006 19:59|

    El Rey de San Gregorio, cine chileno.

    Cuando ya ha pasado más de una semana desde el estreno de El Rey de San Gregorio en las salas de cine de Chile, debo aclarar que son otros los que tienen hacer comentarios sobre ella, sobre nuestro rendimiento, la calidad mostrada o el aporte que esta película pueda otorgar, tanto en términos fílmicos como sociales. Por lo tanto, aprovecharé mi propio espacio para escribir algo así como un lado B, aquello que no se lee en los diarios o que no sale en la televisión. No voy a hablar de Pedro Vargas, ni de sus amigos especiales, ni tampoco de la población San Gregorio. Hablaré de una historia íntima…

    Con permiso.

    ESTUDIANTES DE COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

    Cuando Christian Olguín se fue a vivir a Alemania apenas terminamos nuestra carrera, para mí comenzó otra etapa de la vida. Se había ido mi compadre… más bien, el compadre de todos. Es que nuestros años en el Arcos (Instituto Profesional de Arte y Comunicación) a comienzos de los ’90 fueron intensos, por la amistad, por las ideas… ¡por las chicas!... pero sobre todo, por el amor a lo que hacíamos. Como muchos otros estudiantes audiovisualistas, nuestra vida se nos iba en bailar, beber, fumar… y en ir al cine y hablar horas y horas sobre películas. Nuestras clases de una u otra forma se trasladaban al “Madrid” en la calle Campos de Deportes, a algún bar de Valparaíso, o a la casa de la Maly, de Tomás o de la Paqui. Queríamos hacer películas, queríamos disfrutar del trabajo, queríamos saber. Yo que pasé por las aulas del Instituto Nacional, viví la frustración de hacerlo en la peor etapa de la dictadura militar, por lo que toda esa tradición laica, de clubes literarios y revolución intelectual, sólo eran recuerdos de los libros de historia. Sin embargo, creo que algo de eso sí hicimos en el Arcos. De verdad lo siento así.

    Christian Olguín y Alfonso Gazitúa venían de otra casa de estudios y decidieron irse al Arcos para recibir una educación más cinematográfica que televisiva. Éramos 2 cursos, yo estaba en el contrario. Pero vi cómo trabajaban, cómo se divertían y cómo generaban discusiones atractivas, algo que con mis compañeros originales se hacía muy difícil. Yo que siempre me sentí dueño de mi destino (por eso modifiqué la fecha de mi cumpleaños), me cambié en la mitad de la carrera. Y no me equivoqué. Me integré a un curso fenómeno. El siguiente paso fue el Centro de Extensión, donde junto a Vera Carneiro, nuestra jefa de carrera, generamos un grupo en que por primera vez trabajé con Olguín y Gazitúa en forma directa, acompañados también por Raúl Leiva. Hicimos muchas cosas, en especial, el ciclo de películas prohibidas por los militares, que aún mantenían la censura en los primeros años de la apenas tibia democracia de Aylwin. Pero era con Olguín con quien hacía migas más profundas, absolutas. Aún hoy él es mi hermano putativo.

    Obviamente, el grupo de amigos se acrecentaba con la presencia de chicas de cursos inferiores. Gazitúa no movía un dedo: ellas sacaban número; Olguín, un galán, un gentleman; Leiva: dueño de una labia impresionante y envidiable… bueno y yo, un humilde embajador que abría mercados en otras carreras. Estas amigas, a su vez, incorporaron a sus compañeros, a los más chicos. Y ahí es donde aflora el nombre de Álvaro Cortés, uno de los estudiantes más talentosos que jamás conocí y que hoy es simplemente uno de los mejores directores de fotografía que jamás conoceré. Hicimos algo juntos, cómo no: un trabajo inolvidable, sin internet, ni nada. Un análisis semiológico comparativo entre "Cape Fear (Cabo de Miedo)", de J. Lee Thompson y la versión de Martin Scorsese. Fue increíble trabajar con él. En el grupo también estaba Rocío Ramos y María Teresa Arriagada, la Maly, actual esposa de Álvaro. En el público de la presentación, la estudiante de fotografía Paula Durán Roubillard, a quien agradezco eternamente haber avivado el fuego cinéfilo y el amor por mi trabajo durante tantos años.

    Bueno… y así pasó el tiempo. Y Olguín se nos fue. Estuvo como una década afuera, pero a la distancia lograba mantenernos unidos con las noticias que nos daba de los otros amigos. Cada vez que vino a Santiago de vacaciones (unas 3 veces), significó la oportunidad de volvernos a ver con Alfonso y Raúl. Hasta que decidió regresar definitivamente, pero para hacer algo grande.

    FACTOR CLAVE: EL REGRESO A CHILE DE CHRISTIAN OLGUÍN

    Ya con historias personales fuertes en el cuerpo (separaciones, cesantías, incomprensiones), la cerveza nos unió en tertulias que derivaron en la intención de hacer un proyecto de documentales para la televisión. Un viaje de investigación a Quintay en 2002 terminó por convencerme de que juntos no lograríamos jamás hacer nada para la pantalla chica… pero sí para la grande. Para eso nos habíamos preparado. Es que nos pasamos 10 años trabajando en cosas que no nos llenaban, aunque yo no debo ser injusto: mi paso por Rock & Pop Televisión fue la experiencia más maravillosa que me haya tocado vivir… pero esa aventura fue una novia que murió joven. Fue un amor que no dejaron madurar. Buscar otro trabajo era buscar una polola nueva después de que la anterior apenas había muerto. El vacío fue inmenso. Siempre fui y soy desprendido materialmente: me interesan los proyectos atractivos y constructivos, es decir, algo que trascienda emocional y socialmente, donde la plata llegue por consecuencia, no al revés. AÚN NO ME REPONGO… en fin… entonces ¡Hacer una película!, sí, eso. Hacer un largo. Pero, ¿cómo la financiamos? Mi experiencia me sirvió mucho en ese momento para definir que lo primero es lo primero: veamos qué tenemos y después nos metemos con las platas.

    Alfonso me había comentado unas tres veces, y de manera bastante insegura, que tenía “algo”, pero que le faltabaque no sé, que quizás. Le pedí que me mostrara el guión las mismas tres veces, pero el seguía con la idea de la televisión. De regreso de Quintay, nos reunimos en mi antigua oficina que compartía con amigos publicistas en Avenida Larraín, y hablamos claro: ¿Qué hacemos? A esa altura tanto yo como Christian ya conocíamos la historia de amor sobre un discapacitado y le planteé antes de empezar nuestra reunión que ese proyecto era el único adelantado y que cualquier otro que afrontáramos, demoraría mucho en tener un estado de avance como el de Gazitúa… y ya teníamos más de treinta, es decir, el medio nos empezaría a sancionar y pasar la cuenta por viejos. Ya no podríamos encontrar trabajo con facilidad. Debíamos empezar ya. Estuvo de acuerdo y lo planteamos. Raúl Leiva (el único con trabajo audiovisual permanente en cine publicitario, el que realmente tenía experiencia fílmica) también dijo “vamos”, con lo cual éramos tres a favor de la idea. Recuerdo que Alfonso, el cuarto voto, puso una cara de entre impacto, emoción y me cago en los pantalones. En dos segundos comprendió que el proyecto que venía trabajando durante tanto tiempo vería la luz, que ya no estaba solo, que tenía un grupo que se la jugaría completamente como si la historia fuera de cada uno de ellos… una película… un largo… San Gregorio… ¡Pedro!... y nos embarcamos, sin cuchillo ni velorio, pero con toda la sangre a disposición del proyecto.

    UN SOCIO MENOS, UN OBRERO MÁS: EL INICIO DE LAS OBRAS

    A poco andar comenzaron algunos problemas. Yo definitivamente no sería socio de la película, porque las deudas de mi antigua empresa me lo impedían, pero no poder poner plata no significaba que no fuera también mi proyecto. Debo confesar públicamente que en ese instante pasaba por el peor momento de mi vida (afectivo, económico y existencial), por lo que “El Rey de San Gregorio” se transformaba en mi esperanza de seguir siendo porfiado, de que reconocieran nuestro talento, aunque sabía que quizás los créditos para mí serían más bien modestos. No me importaba. Lamentablemente los traspiés continuaron: Raúl Leiva tampoco pudo invertir. La película entonces tendría sólo dos socios, Christian Olguín y Alfonso Gazitúa, los que inmediatamente compraron una cámara 24p, un Avid y lo mínimo necesario para instalarse en un pequeño rincón de las oficinas del padre de Christian. Arriesgaron lo único que tenían por la película. Aún así, y ya en mi calidad de colaborador y no de socio, los dueños de la incipiente productora me dieron un espacio que nos llenó de identidad. Una tarde en el Café del Patio, nuevamente acompañados por cervezas inspiradoras, planificábamos el futuro de la película y la productora, a la que no sabían qué nombre poner. La idea me nació de manera instantánea. Mientras observaba a Alfonso hablar, lo recordé haciendo un discurso mientras presentaba su primer cortometraje en el Centro de Extensión de la UC: habló algo así como 22 minutos… el cortó duraba 5. Entonces les dije que si la productora de Spielberg se llama “Amblin”, el nombre de su primer corto, pues que esta se debería llamar “Allegro”, el nombre del primer cortometraje de Gazitúa. Christian estuvo de acuerdo. Nuevamente Alfonso ponía una cara como la que puso en mi ex oficina unos meses antes.

    Gazitúa empezó a trabajar el guión definitivo con otro ex estudiante del Arcos, la ex mano peluda de UCV Televisión , Christian Morales. Fue recomendado por Álvaro Cortés luego que algún director-guionista-famoso quisiera por ahí cobrar por una asesoría de ¾ de página donde proponía incorporar balas y sangre a la historia… increíble… Morales sí entendió el mensaje y en su casa de Viña del Mar dieron forma al libro durante muchos fines de semana de 2003. Confieso que me habría encantado participar en esa etapa, pero yo me encontraba momentáneamente distanciado por otros trabajos y porque, a pesar del afecto mutuo, jamás habíamos hecho nada juntos con Alfonso. Sé que mis aportes le gustaban, pero yo no era parte de su grupo habitual de trabajo, por lo que nuestro proceso de soltura fue lento. Con Christian la situación era diferente, pues nos reuníamos a planificar la conquista del planeta casi diariamente, de preferencia en el Kika. Bueno, Christian preparaba también la conquista de una hermosa alemana llamada Nina Schultze.

    LOS PLAZOS APREMIAN: DEFINICIÓN DE LOS ROLES

    Un 18 que pasamos los cuatro amigos en Papudo, marcó la entrada a nuestras vidas de Constanza Duclos, la novia del director. Alfonso y ella ya venían planificando asuntos relacionados con la película, por lo que su ingreso se dio de manera natural. A esa altura, ella estaba más encima de muchos detalles de la película que Raúl y yo. Es que faltaba un poco más de tres meses para empezar a filmar y aún habían cabos sueltos. Con Morales trabajando en el guión, Cortés elegido como director de fotografía, Gazitúa como director y Olguín como productor ejecutivo, Raúl Leiva sentía que su tarea sería colaborar en la fotografía. El asunto era definir mi rol. Mi experiencia como montajista me acercaba más al proceso de postproducción (de hecho yo armé todos los trailers y el primer corte de la película, el que presentamos al Fondart y ganó), por lo que no tenía idea qué cosa haría en el rodaje. Si bien la asistencia de dirección se paseaba meneando las caderas frente a mí, sabía que se trataba de un cargo demasiado importante en una película; que yo jamás había trabajado en una; y que, de hacerlo yo, tendría que desarrollar facetas que ya había olvidado por mi larga temporada como director de tv y empresario. Me atraen los planes de rodaje y todo eso, pero ¡ser asistente en un set de filmación!... No. Yo sentía que ese cargo lo debía desarrollar Raúl, por sus años trabajando en publicidad. Sabía de memoria qué hacer. Pero lo rechazó. La incertidumbre entonces permaneció hasta el final.

    Christian gestionaba y administraba el negocio mientras Alfonso hacía pruebas de cámara para elegir al elenco de actores. Un par de reuniones en el departamento de Cony en Manuel Montt definieron y sellaron mi futuro, no sé si para bien o para mal. Éramos inexpertos. Estudiamos mucho lenguaje cinematográfico, pero carecíamos de práctica. Habían pasado 10 años que nos estaban pasando la cuenta. En el ambiente existía una presión enorme por tener que foguearnos con la única posibilidad que quizás tendríamos en la vida. Insisto, nuestros currículos ya no eran aceptados, pues los jóvenes egresados traían muchísima más experiencia en el cuerpo que nosotros (los planes de estudio evolucionan favorablemente a la praxis con la arremetida de la tecnología digital), y además, salen más baratos que los treintones con gastos y deudas. El "asistente de dirección" necesitaba ser designado ya, aunque al elegido le correspondería un trabajo demasiado apremiante por los plazos. Ok, acepté. Igual feliz. Sabía que por un lado era irresponsable, pero que por otro significaba aportar patrióticamente a la causa. Es que contratar uno era imposible. No había plata. Sabía que pasaría por momentos complicados e ingratos; que yo, un Sr. Leyton siempre sonriente, vería mis músculos faciales trabajando gestos ariscos. Pero que también sería un campo abierto, un caldo de cultivo ideal para desarrollar mi terquedad, que igual me la iba a poder, que en el fondo soy más fuerte que la cresta… aunque este signifique el primer trabajo en donde quizás no me admiren tanto ni seduzca a nuevas amistades. Era todo un riesgo.

    LA APARICIÓN DE LOS INVERSIONISTAS

    Al equipo se había integrado María Paz Sáenz, novia de Raúl y también audiovisualista, y su amiga Alejandra Sánchez, “Yayita”. También un niño llamado Juan Pablo Fernández, un recién salido de secundaria que ingresaría a estudiar a la Escuela de Cine al terminar el verano (entraría a primer año con una película en el cuerpo… genial). A ellos se unirían amigos de Alfonso de la propia población San Gregorio. Un día de noviembre de 2003 fuimos por primera vez a rodar a la población de La Granja. Ya habíamos conocido a Pedro, habíamos visitado locaciones y necesitábamos conseguir dinero de forma urgente. Faltaban menos de dos meses para el inicio de la filmación, entonces fuimos a registrar la escena de Pedro en la feria para unirla a entrevistas con los actores y otras personalidades. María Paz, Alfonso y yo armamos un video promocional para ser presentado a inversionistas en un evento que producían Christian, Cony y Alejandra a toda máquina. Este resultó increíble: no sé cómo lo hicieron, pero en el evento hubo un cóctel estilo matrimonio, con mozos, vino y canapés… y todo gratis. Hubo interesados en el negocio y Christian lideró las reuniones que sellaron el acuerdo con 2 grupos de inversión. La plata para empezar ya estaba y los mensajes de un destino promisirio mostraban su evidencia: Cony y Alfonso anunciaban por esos días que esperaban a su primer hijo. Se echaba a andar así un proyecto que nació por 2 vías distintas: la experiencia de Alfonso en San Gregorio que lo marcó a fuego, que lo incentivó a escribir esta historia maravillosa de la que todos hablan y que sólo él, con la sensibilidad que posee, podría afrontar. Por otro lado, el carisma, la sabiduría y los cojones de Christian Olguín para habernos reunido con el fin de “hacer algo grande”, para concretar los sueños de una buena vez, para dejar de lamentarnos por las pocas oportunidades que se nos daban o por los fracasos sentimentales que todos teníamos. Cuando admiro a alguien, lo digo, y aquí en este blog escribo mi admiración sin complejos sobre escritores, cineastas o personajes públicos o de la historia. Olguín, para mí, forma parte de ese grupo.

    Conocer el origen de la producción de esta película es mejor que cualquier cursillo sobre emprendedores. A veces las estrellas se alinean generosas y coquetas para poder hacer cosas fuera de los cánones normales. De otra manera, ni Christian, ni Alfonso… ni yo, podríamos haber trabajado jamás en una película.

    Hasta aquí la historia. No esperen saber detalles sabrosos del rodaje ni nada de eso. Sólo he querido rescatar un episodio que considero especial.

    por Denis Leyton

    más información en
    El Rey de San Gregorio Sitio Web Oficial
    El Rey de San Gregorio en The Internet Movie Database (IMDB)


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     El Rey de San Gregorio |  Christian Olguín |  Alfonso Gazitúa |  Instituto Arcos |  Denis Leyton
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    Myriam Fuentealba

    Al leer el articulo me imaguino muchas historias conocidas de personas que de la nada an sacado un proyecto adelante, yo misma me encuentro en la fase de pre- produccion de dos proyectos que parecen gigantes y que a veces parecen imposibles, pero es justamnete la conviccion de que hacerlos es nesesario no tanto para el publico mas para mi, lo que me hace seguir trabajando entusiasta,la fiebre del cine te posee y es dificil separar lo posible de lo imposible. esto es lo mas admirable de lo que lograron en el rey sacar adelante el proyecto aun contra todo con la confianza en estar haciendo lo que querian hacer y no lo que el mercado indicara, solo de esta menera se forjan los verdaderos realizadores.

    fecha: 29/12/2006 21:02


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