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Bitácora de cine y literatura. |
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ESTERTORES... ¿qué es eso del Príncipe Azul?Estertores, Magdalena Ibáñez, Paula González, Víctor Montero, La Fractuta Teatro.
estertor. (Der. del lat. stertĕre, roncar).m. Respiración anhelosa, generalmente ronca o silbante, propia de la agonía y del coma.

Cuando la actriz PAULA GONZÁLEZ canta “Crazy” (Willie Nelson, 1961), no lo hace ni triste como Patsy Cline, ni melancólica como Norah Jones. No. Ella lo hace con dolor, ¡con rabia!
I’m crazy
crazy for feeling so lonely
I’m crazy
crazy for feeling so blue...
Es la versión de la que podría ser cualquier mujer contemporánea. Es que su personaje es uno de los reflejos más fieles que he visto de la terrícola actual, aquella chica que de una u otra manera ocupa el lugar soñado por cientos de mujeres que durante años lucharon por la igualdad de derechos. Y si bien ese proceso aún no acaba, su personaje sí es una mujer independiente, dueña de su sexualidad y de su destino. Sin embargo, no hay teorías ni ecuaciones que expliquen la dependencia del amor, esa necesidad de estar en pareja aunque las señales nos demuestren que el agua y el aceite no se llevan bien. A pesar de la creciente indeferencia, a pesar de los engaños.
Cada vez que entro a una sala de teatro la melancolía y la duda me atacan. Una parte de mí me dice ¿por qué nunca te probaste como actor? Es que amo el teatro. Admiro a sus cultores, pero sobretodo amo lo que provoca. En el caso de “ESTERTORES”, por ejemplo, me encantaron los ruidos que hacían los espectadores al reacomodarse reiteradamente en sus sillas. Y me incluyo. Quizás escondíamos un motivo paralelo al hacerlo: Una incomodidad positiva. Es que nadie que haya tenido la experiencia de vivir en pareja (pololeos, andantismos, noviazgos, matrimonios, convivencias, aventuras o lo que sea) pudo evitar reconocerse.
Una chica que tiene una relación con un escritor en vías de desarrollo (VÍCTOR MONTERO, “Mi Mejor Enemigo”), hace sonar las alarmas de una crisis cuando empieza a notar un notorio desinterés sexual y afectivo por parte de su pareja. Esto es suficiente para el inicio de las recriminaciones y de las exigencias. En este cuadro, quizás el más logrado de todos, los personajes hacen gala de los rituales que ambos géneros ponemos sobre la mesa para relacionarnos, pasando de la locura a la razón en cuestión de un segundo cuando los tiempos del compromiso no son los mismos. Pareciera que el sexo los mantiene unidos. Cuando ya no hay deseo, no hay nada que justifique esa unión. De la misma manera que los espectadores lo vemos en los personajes, sería un gran ejercicio que las parejas pudieran verse, como en un reality show, para ver las incongruencias de una vida en común, cuando hombres y mujeres pensamos, actuamos y sentimos tan distinto. Lo que para uno es falta de compromiso, para el otro puede ser independencia; cuando uno alega preocupación, el otro se defiende de máximo ahogo. El conflicto entonces conduce a la búsqueda del árbitro, del consejero, aquel que te descubre las trancas sexuales, las manías y las incapacidades de amar, como si de una gripe o problemas al colon se tratara.
Y es aquí donde surge uno de los puntos más originales de la obra, la presencia de la terapeuta (MAGDALENA IBÁÑEZ), una mujer que lo convierte todo en ciencia y teoría. Para ella, todo pasa por las hormonas y otros derivados del sistema endocrino. Todo lo emocional que plantea la pareja va teniendo un paralelo con las intervenciones y las explicaciones de la especialista que, dicho sea de paso, no dejan de tener cierta razón, pero que olvidan la necesidad de los humanos de entendernos a través de las emociones. Ella representa toda la corrección formal, las palabras bien dichas, las frases perfectas, los tontos conceptos que moldearon a las mujeres desde pequeñas, como el cuento del Príncipe Azul y otras mentiras. Es tan fría su explicación a todo el proceso amoroso que logra sacar de sus casillas a la pareja. Por momentos el poder se invierte y son ellos quienes desvelan a la psicóloga, evidenciando uno de los conceptos que intenta proponer la obra: la proyección de lo que queremos ser a través de los otros. Queremos cambiar a las personas, quitarle su esencia, acomodarlas a lo que nosotros somos, dando consejos u opinando sin mirarnos hacia adentro (se escuchan más ruidos de sillas). En todo caso, la gracia de “Estertores” es que el proceso de identificación entre personajes y espectadores está lejos de hacernos correr hacia algún puente del Mapocho para saltar. El humor es necesario para comprender estos conflictos y aquí está presente todo el tiempo.
La puesta en escena que la compañía La Fractura nos regala, es una notoria búsqueda de nuevas formas de expresión. Es que si bien las proyecciones de video o las canciones no son elementos descubiertos por ellos, la gracia del jugador no está en inventar nuevas piezas, sino en saber moverlas con sabiduría. Y para ello siguen existiendo muchas combinaciones. Si no hay soportes nuevos que descubrir, la creatividad está en proponer nuevas estrategias y movimientos, algo que los chicos dirigidos por CÉSAR SEPÚLVEDA logran con gran acierto. Tal es el caso de los videos producidos por la propia compañía que van intercalándose con las actuaciones en el escenario, y que sirven no sólo como meros complementos, sino también como cuadros que toman vida propia, como el de la chica que sale a trotar con su doctor al Cerro San Cristóbal. O el mágico momento, y quizás muy corto, en que las luces de tono rosa se apoderan del espacio para dar paso a un musical, un formato dentro de otro formato, otra metadiégesis que se incorpora graciosamente.
Tengo un par de reparos en cuanto a la proyección inicial del fragmento de “Blancanieves y los Siete Enanitos”, en que pareciera que su duración es un tanto excesiva; como también con ciertos aspectos de la resolución de la historia. Pero tal como me dijo la Fran, eso no quita ni pone al trasfondo, ese que nos muestra con claridad algo por lo que deberíamos salir huyendo, pero que a sólo pasos de la puerta del teatro todos parecen olvidar, atendiendo presurosos a la naturaleza: el querer estar en pareja. Me gustó “Estertores”. Me gustó porque resultó ser un ejercicio colectivo de dramaturgia fresco y revitalizador (¡tremendos textos!). Me gustó porque las actuaciones están a un nivel muy, pero muy alto. Me gustó por la música. Me gustó por la forma. Pero sobretodo, me gustó porque me hizo recordar mis propios estertores de agonía, subiéndome imaginariamente al escenario a cantar “Crazy” con Paula González, con la misma rabia y dolor de su personaje (“estoy loco, loco por sentirme tan triste”)… y todo eso sin dejar de pasarlo bien y reírme. Un mazazo a los que aún creen que para dar mensajes hay que ser graves y aburridos, y a los que, luchando contra lo grave y aburrido, se encargan de no entregar ningún mensaje.
Ficha:
otoño de 2007
viernes 13 de abril
20:00 horas
sala: Lastarria 90
compañía: La Fractura Teatro
dirección: César Sepúlveda
elenco: Paula González, Víctor Montero, Magdalena Ibáñez, Pablo Garrido
escenografía: Rocío Troc / César Sepúlveda
vestuario: A Primera Vista
música original e iluminación: Omar Fuschini
diseño afiche y proyección video: Angie Saiz
por Denis Leyton
solicita información a
Compañía La Fractura Teatro
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