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    CASAS EN EL AGUA, Guido Eytel (1997)

    |23/05/2007 15:06|

    Casas en el agua, Guido Eytel.

    En la misma línea de otro libro comentado aquí, “Vientos de Silencio”, de J. J. Faundes, la historia del temuquense GUIDO EYTEL también nos ubica en el sur del continente americano, al otro lado de La Frontera, en plena tierra mapuche, dentro del contexto de ese genocidio y usurpación de tierras que los insignes y los ilustres llaman “Pacificación de la Araucanía”. Con mucho humor y sagacidad, el relato se estructura en torno a la fundación de un pueblo ficticio llamado “San Estanislao de Rucaco”, y a la figura de su fundador, un quijotesco personaje llamado RUDECINDO GUZMÁN MELGAREJO, Sargento Mayor del Ejército chileno.

    Pero, ¿quién era este “visionario” militar? La respuesta la entrega su superior, el CORONEL URÍZAR, en las primeras páginas, cuando se ve presionado por un grupo de monjas Trinitarias para ser escoltadas y protegidas de los indios en su camino a Valdivia donde piensan instalar una misión. El Coronel advierte el peligro de la empresa, demostrando un secreto respeto por las cualidades guerreras de sus adversarios, los hombres de la tierra. Entonces decide enviar a cargo a Guzmán, como no queriendo arriesgar a otro oficial más valioso. Es que el deber militar y el honor enceguecen tanto al Sargento Mayor que no logra dejar de soñar con medallas y triunfos para la patria. Claro, porque pasan los años y él no ha logrado comandar ninguna victoria; pasan los años y su nombre no es candidato para escribirse en los libros de historia. Para Urízar el asunto es simple: como Guzmán tampoco es un dechado en estrategia, ¿quién mejor que él para ir a la cabeza de una misión como ésta?

    El equilibrio lo debe aportar el Teniente JOSÉ DE LA LUZ ZILLERUELO, quien tiene las cosas claras, el que ve lo que Guzmán no logra apreciar de tanto estar soñando. Es este Sancho Panza quien advierte que la honra de las religiosas corre peligro ante el creciente desenfado de la tropa (“los soldados detenían sus caballos y miraban ansiosos las mejillas sofocadas de la desfalleciente, el vaivén agitado de los pechos bajo el hábito y el dulce abandono de los ojos: a medida que se alejaban de la ciudad las monjas iban pareciéndose cada vez más a las mujeres que los habían cobijado en sus noches de franco y francachela”).

    Es este mismo Sancho Panza el que advierte a Guzmán que el camino que han tomado después de ubicar a las monjas a la mitad del camino, no es el correcto. El Sargento Mayor, sediento de triunfos y orgullo, no está dispuesto a volver a Concepción sin haber contribuido con sangre a la causa civilizadora del gobierno chileno, por lo que decide aventurar a la tropa en la selva sureña en busca de indios que matar. Desoye entonces los consejos del Teniente Zilleruelo, dirigiendo una penosa marcha de meses bajo la inclemente lluvia sureña.

    Pero cuando la máquina de sueños va vestida de uniforme es un arma peligrosa (si lo sabremos lo que hemos vivido bajo el mando de un militar loco). El Sargento Mayor al no encontrar ni un solo atisbo de resistencia decide fundar un poblado (“tenía que fundar su pueblo para demostrarles a todos, en especial al coronel Urízar, que era un militar de selección (…) todos iban a acordarse de él con agradecimiento cuando pasearan por plazas y avenidas, cuando miraran el paisaje, respiran el aire y escucharan el susurro de las hojas. Entonces pensarían: no podría haberse elegido un lugar más bello”).

    De aquí en adelante, Eytel nos relata con gracia el nacimiento del Chile actual, de sus ciudades a medio terminar, de sus malos diseños, de su falta de estilo, de las inundaciones que se lo llevan todo y de sus autoridades incapaces de hacer algo. Pero también es un relato del origen de la relación entre empresarios y militares, donde los primeros son el cerebro y los segundos una fuerza que actúa en su beneficio, tal como ocurriera un siglo después durante la dictadura de Pinochet. El personaje clave aquí es ABDÓN SOTOMAYOR, un experto comerciante que tras la fachada del primer emporio del pueblo, es quien verdaderamente mueve los hilos de todo; quien redacta las regulaciones sobre le comercio; quien maneja y administra las cosechas de los campesinos a cambio de sus títulos de propiedad; quien envía importantes partidas de alcohol a los indios para ganar su amistad… es también quien dirige a los subalternos del Sargento Mayor desde la oscuridad.

    Claro, porque Guzmán sigue ensimismado en sus propios sueños y en Magdalena, su dulcinea, una hermosa morena que se convierte en su mujer. La pluma de Guido Eytel se luce en los episodios eróticos de la pareja, en el despertar desenfrenado del apetito sexual de la joven esposa (“había germinado una semilla en Magdalena, pero no era la que don Rudecindo deseaba: era la quemante semilla del deseo, que había sido regada por los espasmódicos chorros del sargento mayor y entibiada y madurada por el manojo de venas que ella gustaba tomar en su mano para sentir como empezaba a desenrollarse, a estirar la piel y a adquirir toda su longitud y su fuerza”), y en las penosas argucias inventadas por el Sargento Mayor para evitar tanto desgaste (“para Magdalena no eran suficientes los lunes, miércoles y viernes que su esposo había instituido como días de jolgorio”).

    Al teniente Zilleruelo empiezan a apodarle “el loco del río” por sus largas jornadas de espera en el lugar para volver a encontrarse con una joven especial. Se trata de KARINA, la culpable de la locura del teniente Zilleruelo. Esta mapuche de cabellera rubia es hija de un inmigrante alemán, Jacobo Muschgay (en directa alusión al díscolo y católico Muschgay que los estudiosos de la colonización alemana en Chile odian… los estudiosos de derecha, claro), quien al sentirse traicionado por las políticas de Vicente Pérez Rosales, decide unirse al clan de MELIHUENO, el líder de los mapuches de la zona, para vivir como un hombre de la tierra más. Así conoce a la madre de Karina.

    Sin duda uno de los elementos más logrados y que dota a “Casas en el Agua” de mucho humor, son las citas textuales de Servando Contreras, un periodista gobiernista que visita San Estanislao de Rucaco y quien escribe un libro titulado “Los Vencedores de Arauco”. Las citas del libro del reportero (“unir la pujanza y la inteligencia del empresario con el valor y la imaginación del hombre de armas, ¡he aquí el secreto del progreso!”), se instalan para comparar y apreciar la mirada oficial de los hechos… lo que siempre causa risa.

    por Denis Leyton



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