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PEQUEÑO CONTRATIEMPO JUSTO A FINAL DE SIGLO, Eduardo Parra (1996)Poemario de Eduardo Parra, músico de Los Jaivas.
Había un señor
que tenía mucha plata
y se la robaron.
En estos días en que todos hablan de la Cumbre Presidencial de Chile, cuya mejor propuesta corrió por parte del rey de España (“¿por qué no te callas?”), he recordado una experiencia personal, la de la cumbre de 1996, en donde trabajé en la realización del video oficial. Yo estaba feliz: trabajaría con Los Jaivas. Pero no contaba con la lucha de egos de los no-artistas: muchos jefes, muchas fotos, muchos intereses. Supe lo que era no tener el control del trabajo, a pesar de las entrevistas de los diarios al “director”. Como era un trabajo de un canal de tv (Rock & Pop), me asignaron tres montajistas distintos, lo que nos hizo perder la línea de trabajo; cero presupuesto para una postproducción profesional; y un jefe técnico que no prestó apoyo alguno (así y todo, al señor Esnaola le tengo mucho aprecio). Recuerdo que nos trasladamos al cementerio de Concón junto a una camioneta llena de periodistas para registrar a los músicos en la tumba de Gabriel Parra, el baterista fundador de Los Jaivas. Luego de dos ó tres tomas (no necesitábamos más), con mi amigo Rodrigo Herrera tuvimos que hacer el show de registrar cientos de escenas que a la postre serían inútiles (¡helicóptero incluido!), todo para justificar la presencia de la prensa. Era la orden. Increíble. Pero nada, lo prometo, nada fue peor que tener que soportar a Roberto Márquez, de Illapu, el músico más desagradable que he conocido en mi vida. Ahí decidí evitar conocer a los famosos, porque la desilusión puede ser muy grande.
Sin embargo, puedo rescatar muchas más cosas bellas para mi vida interior, como la filmación en la Plaza de Armas de Santiago, donde instalamos al grupo sin aviso alguno en el odeón, junto a bailarines vestidos con trajes típicos de iberoamérica y una orquesta de retretas (la canción era “Todos Juntos”). De pronto la plaza se llenó de gente y la fiesta que se vivió fue muy hermosa, porque los chilenos le tienen un amor indescriptible a Los Jaivas. Daba lo mismo si era un concierto o la repetición una y otra vez de la misma canción. Querían estar cerca de ellos y expresarles cariño. Fue muy conmovedor vivirlo. Tengo grandes recuerdos de todos ellos, a excepción del bajista de la época cuyo nombre no recuerdo (lamentablemente Mario Mutis estaba alejado en esos momentos). Fue un honor para mi paso por este planeta el haber trabajado con el Gato Alquinta, con la gran Juanita Parra, con los chicos de Huaika y, por supuesto, con los hermanos Parra, Eduardo y Claudio, seres mágicos, elevados, rodeados de un aura positiva que me hace sospechar un origen alienígena de sus existencias. También recuerdo el cariño de mi querido Joe Vasconcellos que llegó a apoyar con su percusión; a Eric Maluenda y Luis Enrique Galdames de Illapu, que se pusieron al servicio del trabajo con disposición y amabilidad; a Hugo Pirovic y Pancho Sazo (que nos hizo reír con sus historias), de Congreso; al igual que la simpática y bella Colombina Parra (¿dije ya que es linda?); y también mi otro y querido amigo, Miguel Barriga (Sexual Democracia).
Pero mis recuerdos de esos momentos también se hacen extensivos a la literatura. Por aquellos días de 1996, y en una faceta que yo ignoraba, el tecladista EDUARDO PARRA lanzaba un libro de poesías escritas entre el ‘69 y el ‘78, con un título muy sugerente y coyuntural: “Pequeño contratiempo justo a final de siglo”. Recordemos que se acercaba el final del milenio y aún no sabíamos en qué ciudad reaparecería Jesús; o si se desprendería el virus mortal de las velas del Hijo de Rosemary; o si nos caería un meteorito en la cabeza; o si los computadores se volverían contra los humanos, ahorcándonos con el cable del mouse. Eran los momentos de la reflexión, sobre todo para aquellos que ya habían pasado con creces la mitad de su vida. En ese contexto, Parra escribía:
La serpiente, ya canosa,
acostada en la cama junto al niño,
con un par de gruesos anteojos
leía el inolvidable cuento de Adán y Eva.
Así, versos simples, sencillos y dulces. De verso irregular, lo suyo es un contenido poético, una atmósfera poética, más que la cuadratura o la rima. Y funcionó. Y funciona. Con los años siempre volví a retomar este libro, porque tiene aires de El Principito o de Momo. Y siempre encontré algún verso “nuevo”, según mis nuevos momentos:
Considerando que una vez
salté hacia las estrellas
y habiendo mantenido firme durante mi juventud
aquella predisposición galáctica,
es sorprendente que a estas alturas
deba regresar a casa como el hijo pródigo.
Es absurdo haber explorado durante años
aquellos oscuros universos de pánico
para retornar, después, manso como un cordero
a esta tierra verde.
¿Qué anduve haciendo todo este tiempo?
¡De qué me sirvieron las andanzas
si podría haber comenzado por aprender a
cultivar la tierra!
Es Eduardo Parra, dueño de un libro que me fue prestado por él, aunque al ejemplar que tengo le haya escrito una dedicatoria con su firma, una cordillera dibujada con luna y todo, y diga que me lo obsequió (hecho que yo catologo como un pequeño contratiempo justo a final de siglo).
Había un chancho que se disfrazó de hombre,
y una chancha que se disfrazó de mujer.
Y vivieron felices por el resto de sus días.
Pero nacieron chanchitos y chanchitas
que jubilosos se revolcaron en el barro;
entonces nunca, nunca más se volvieron
a disfrazar.
Hoy sigo consultando este poemario, y sigo encontrando respuestas.
por Denis Leyton
más información en
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